Los versos libres de Gata Cattana

Los versos libres de Gata Cattana

L. Cattana tiene la cabeza siempre llena de letras. Por eso a veces necesita sacarlas, quizás con la esperanza de entenderse mejor al leerlas desde fuera.

 

L. Catta
 

Mi primer gran amor fue el soneto.

 
 

Aquella forma tan estricta y encorsetada, tan perfecta en sí misma, en la que absolutamente todo encajaba. Negro sobre blanco. Un rotundo ‘match’ en el que, «como un masoca en manos de una sádica», mi alma poética se subordinaba a mi cerebro matemático.

Ese número de sílabas tan cuadriculado coronado con la siempre impecable rima consonante. La que desde mucho tiempo antes —desde que tomé contacto con la poesía— había sido mi auténtica obsesión, despreciando la asonante como si cuadrar solo las vocales fuese algo vulgar. No hablemos ya de versos sueltos o, vade retro, los versos libres.

Me encajé en la sociedad. En aquel puzle incuestionable en el que solamente había dos opciones: o te convertías en una pieza perfecta, con las esquinas bien limadas como las sílabas de un soneto, o te quedabas en la caja sin jugar. Así que fingí ser esa pieza. Desde muy pronto interioricé que expresar en voz alta cuál era mi auténtico yo suponía condenarme a la jaula de la soledad.

El guion estaba claro: había nacido con pene, tenía que ‘ser un hombre’, llevar los horrorosos pantalones del uniforme del colegio y, por supuesto, gustarme las mujeres. La última parte no era problema, siempre me habían gustado. Lo de ser un hombre y llevar pantalones ya lo llevaba peor, sobre todo viendo lo monísimas que eran las faldas grises de mis compañeras.

El primer desvío de mis rectísimos caminos llegó en la adolescencia, claro. La perfección formal de los sonetos no terminaba de satisfacer la avidez de mi alma por la enorme brecha abierta entre las temáticas de los poetas del siglo pasado y mis tan ‘dosmileras’ inquietudes. Una brecha casi tan grande como el agujero negro que separaba la imagen que me devolvía el espejo con la que me gustaría ver.

En esa época sucedieron dos cosas: comencé a aprovechar los momentos de soledad en casa para asaltar el armario y el tocador de mi madre, con lo que lograba sellar ese agujero negro por unos cuantos minutos; y el descubrimiento del rock español, que aunaba la actualidad temática que mi alma demandaba con las rimas consonantes que tanto relajaban mi psique… mientras me deslizaba alguna asonante.

Quizás fue ahí cuando debí haberme dado cuenta de la dualidad que suponen los avances internos: la satisfacción que te producen viene acompañada del deseo de avanzar más.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, del rock pasé a esa poesía urbana que es el rap, y de las faldas pasé a los encuentros con hombres. Secretos, por supuesto. Mi bisexualidad era tan evidente como férreo mi empeño en negarla. La obsesión por encajar en la sociedad era tan fuerte que conseguía autoconvencerme de que solo me gustaban las mujeres y las rimas consonantes, pese al innegable placer que me proporcionaban tanto esas experiencias secretas como una buena asonante clavada en la caja por el rítmico Kase.O.

Pasé así muchos años, demasiados. El proceso de aceptación de mi bisexualidad y las rimas asonantes fue eterno. Ni siquiera sabría decir con exactitud cuándo terminó. Porque, de nuevo, la satisfacción del avance se vio sepultada por una idea que había vivido siempre en mi subconsciente. No eran la meta, sino el punto de partida: la confirmación de que romper con lo establecido era solo el primer paso a una libertad que, aunque yo todavía no lo sabía, no cabía en esas jaulas de plata blanca donde había vivido hasta entonces.

Ya no había marcha atrás. Me había asomado más allá de los barrotes del soneto y la cisheteronorma, y eso confluyó con un hecho determinante: por primera vez no tuve que compartir piso con nadie. Esa soledad, a la que el imperativo social me había hecho tener pánico, fue la llave de mi jaula. De la jaula de miedo en la que había encerrado mi lado femenino. El armario de la T, seguramente el más frío y oscuro del colectivo arcoíris.

Y cuando de una ecuación quitas el miedo, aparece la libertad. La libertad de ser y de existir. De descubrir que no todo era como te habían contado y que existía un universo mucho más allá.

Poco después llegó ella. La crueldad del destino hizo que llegara a mí cuando su cuerpo ya se había ido de este mundo. La primera vez que escuché Lisístrata no podía imaginar que poco después estaría alistándome en su ejército de gatas blandiendo una catana cargada de futuro.

No me había dado cuenta de que mis grandes referentes poético-musicales siempre habían sido hombres, y que (evidentemente) sus canciones —que yo había repetido en infinitas ocasiones— estaban escritas en masculino. Hasta que, de pronto, me vi, con Gata Cattana de la mano, «descontrolá por la ciudad cantando hardcore, con camisa y tacones altos».

 

Gritando. En asonante y en femenino. Y en feminismo.

 

Con el ritmo por encima de la rima, la fuerza de su mensaje hizo el resto. Esa forma de canalizar la rabia mediante el arte y conservar siempre un toque de optimismo, el suficiente como para ir a la guerra contra el sistema. Dicen que era rapera, poeta y politóloga. Yo creo que por encima de todo era una maestra de ceremonias. Una líder innata que había nacido para librar las batallas más necesarias de este siglo derramando tinta en vez de sangre.

Tan inteligente que podía decir muchísimas más cosas que algunos raperos que han acabado entre rejas, y salir indemne. Porque los malos «se lo llevaron y no lo entendían». No era de soflamas al megáfono, sino de metáforas al micrófono. «No te lo doy mascao porque lo mío es pa listos», avisaba con tino. Todavía descubro sentidos ocultos en frases que me sé mejor que el padrenuestro con el que me taladraron la cabeza durante décadas.

Con sus tres filos, la Gata me atravesó el alma y se convirtió en lo más parecido que he tenido nunca a una religión. En su doble T coloqué mi arcoíris y me acosté entre sus versos. Devorada su música, acudí a YouTube, que me propuso seguir con esas exhibiciones de ‘slam poetry’ en las que se quitaba el corsé de la rima y nos ofrecía su arte desnudo.

Me explotó el alma. Ninguna expresión artística me había tocado tan dentro. Como si su catana hubiera cortado el dique de mis lacrimales, por mi cara se deslizaban cataratas cada vez que la veía empuñar el micrófono y escupir esos versos cargados de belleza y contundencia. Sucedió exactamente lo mismo cuando devoré su poemario La escala de Mohs.

Versos libres. Y yo llorando.

Como en un ritual de reconciliación con la poesía, elegí un lugar especial, en el que ella pasó infinidad de días. La sola idea de estar leyendo esos versos en el mismo lugar en el que seguramente ella escribió muchos de ellos me erizaba la piel.

El tiempo tal y como lo medimos dirá que apenas tardé un par de horas en devorar su primer libro. Yo lo recuerdo como si hubiese sido el viaje de toda una vida, en el que todo cabía entre aquel cielo lleno de pobres amándose con las manos, y ese infierno plagado de Cospedales con pendientes de perlas; todo confluyendo en un camino que no acaba nunca mientras haya una idea en la que creer, porque «todo lo demás es estar muerto».

El sentimiento se había impuesto por encima de la forma. El alma estaba ganando al cerebro. Era el triunfo de la libertad.

Y así, mientras «me aparecen Gallardones/ con la mueca inquisidora/ y el discurso de mi abuela,/ persiguiéndome los gestos,/ los derechos y las metas,/ señalando con el dedo/ y escupiéndome por puta», yo camino con la cabeza alta, como solo podemos hacer las personas que seguimos creyendo en una idea.

La idea de que, igual que la poesía es más que rimas y sonetos, las personas somos mucho más que etiquetas y pronombres. Que yo, al igual que ella, «no vine a ser carne,/ vine a ser espuma./ Letra sobre pliego».

Gracias, Gata. Te debo el arcoíris de la poesía.

 

 

L. Cattana

 


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