EL HAMBRE

EL HAMBRE

Entrevistamos a María González, autora de El Hambre

 

L. Catta
 

P. Este poemario, titulado El hambre, tiene un apego a lo material y las condiciones materiales, a cómo se acaban convirtiendo en símbolos y en el núcleo de nuestro día a día. Además, sabes ser breve y tienes capacidad para poetizar sobre el dinero, como en el poema “La cuenta”. Explícanos la relación del poemario con lo material.

R. Juego con el concepto del hambre en varios ámbitos. Se habla de unas necesidades que hay que suplir: si no tienes un sustento, alguien tiene que sustenerte para que sigas adelante. Todo tiene que ver con lo que nos dicen que nos han dicho que tenemos que ser. El dinero es una necesidad impuesta por la sociedad, pero en algún momento tienes que aceptar ese dinero tanto para estar en la sociedad como para estar en los márgenes.

 

P. Tu identidad tiene que estar asociada a una serie de misiones, entonces. ¿Podríamos decir que el dinero configura tu identidad?

R. Lo bueno sería permitirte el no ser normativo, pero normalmente esto te iba a llevar antes a estar en el escalafón más bajo de la sociedad: los trans tenían que prostituirse. Ahora todo está más normalizado, pero eso es en cierto modo burgués. Yo tengo dinero y por eso me puedo permitir pensar ciertas cosas y criticarlas.

 

P. Sí, paradójicamente, quien puede preguntarse cosas es quien tiene dinero.

R. Claro, cierto estrato social no tiene margen para plantearse determinadas cosas. Llegar a fin de mes es lo primero.

 

P. Tú eres actriz. En el primer poema dices: “El último día en los veinte, dispararon al escenario”. ¿Qué es ese disparo en el escenario?

R. Hace tiempo que no trabajo de eso, pero tengo un máster en eso. El 19 de diciembre de 2016 hubo un atentado en el que durante el discurso de un diplomático, un terrorista le pegó un tiro a bocajarro. La conclusión que saqué es que el espacio escénico había dejado de ser seguro para ti como actor: el bufón deja de estar protegido.

 
P. ¿Nos quitan el humor?

R. Sí, el humor y el arte como revulsivo.

 
P. Hablas de la religión con ironía.

R. Mi sexualidad y mi género sentido es fluido. Quería introducir la mujer y el hombre como sexos, como polos, para incluir la bisexualidad. Uso la dualidad como recurso, pero ni siquiera creo en la identidad. Me gusta recorrer determinadas culturas folklóricas, no solo el cristianismo, sino elementos esotéricos, llevándolos a un terreno más decodificado y actual: utilizar a Dios como un personaje, no solo como un ente.

 
P. ¿No sabemos ver la belleza sin clasificarla en géneros y clasificaciones?

R. Porque si las cosas no las nombras, no tienen entidad. Necesitamos poner las cosas sobre el papel y el lenguaje es nuestro único recurso.

 
P. Todo el poemario se puede recorrer en base a objetos con significados muy poderosos: la risa, el vello, el golpe, etc.

R. Me gusta jugar con los ligamentos, los fluidos, con la palabra mimo con sus diferentes acepciones. Estoy usando un tipo de lenguaje muy específico sobre el cuerpo, la escenificación. Siempre reflexionamos los textos desde el mismo lugar, y conviene dar más interpretaciones. El papel, el acetato… son elementos que pueden significar mil cosas diferentes, si bien en mi libro son algo concreto.

 
P. ¿Existe una visión más heteronormativa y otra más queer del cuerpo?

R. Mi manera de vivirlo es que hay una hegemonía cultural que ha dinamitado determinadas maneras de experimentar la vida. ¿Qué problema hay con que a mí me suba la temperatura determinada canción u olor? El acto erótico no es siempre lo mismo.

 


entrevista por Fran Martínez Real
 

Puedes leer más de María González en su instagram @mariaglezml