Club de lectura Salmacis I. Reseña colectiva: ‘Poemas a Amanda’ de Carmen Conde

Club de lectura Salmacis I. Reseña colectiva: Poemas a Amanda de Carmen Conde

 

 

 

Lo primero que nos preguntamos es qué entendemos por literatura LGTB.

 

Recordamos las palabras de Juan Gallego Benot en un directo de Instagram, que la definía como una suerte de sensibilidad. Respecto a Carmen Conde, estamos de acuerdo en que a pesar de que no conozcamos cómo se identificaba en cuanto a su orientación sexual, su literatura es un ejemplo de poesía eminentemente sáfica. Además, el periodo histórico en que vivió la autora, marcado por la Guerra civil y el franquismo, no permitía una declaración genuina de ningún tipo de libertad LGTB. La poesía de Conde no se parece a la poesía LGTB de la actualidad debido a que tenía que atravesar la censura, lo cual la reafirma como acto político. De hecho, la propia edición de Torremozas refleja las tachaduras de la escritora, las vacilaciones en las diversas publicaciones originales —como los cambios de fecha o la supresión de dedicatorias—, etc. Es de reconocer, por tanto, la importancia de este libro al sacar a la luz los poemas manuscritos y no las versiones publicadas.

Continuando con el contexto político-social, se dice en ocasiones de los escritores que se quedaron en la España franquista que la que adoptaron fue una postura neutra o nada reivindicativa. La poesía de Conde nos lleva a defender lo contrario. Para ella, la guerra suponía una quebradura interna, como muestra en algunos de sus poemas de denuncia. Sin embargo, también fue aquella la situación que la llevó a trasladarse a vivir con Amanda y, en consecuencia, el inicio de un periodo de una pasmosa felicidad. Debemos apuntar que generalmente se comprende el amor como una vivencia evasiva, pero que, lejos de ello, la poesía de la cartaginense nos indica una lucha en mayúsculas. Más allá, rescata una especie de sentido primigenio de la poesía, al emplearla para establecer simultáneamente una intimidad y una comunidad. Es decir, Conde no ocultó su vida a esa comunidad de mujeres artistas que forjó a su alrededor —no podemos olvidar que constituye la voz más representativa de las Sinsombrero—.

El inicio del libro es un dispendio de imágenes lésbicas. A partir del 75, se da una eclosión de literatura lésbica en la zona de levante. Las metáforas que emplea Conde trazan una línea que posteriormente han continuado figuras como Carmen Riera o Mila Martínez. Encontramos los motivos del mar, la profundidad y la humedad vinculados con la sexualidad lésbica. Asimismo, las imágenes de la masturbación tienen que ver con el imaginario frutal, una cuestión que supone la perpetuación de determinadas tradiciones medievales en la literatura oral hispánica. En tales imágenes, llega a sugerirse la presencia erótica de la menstruación, tema que nos conduce a un paralelismo con el poema «Crepúsculo» de Lucía Sánchez Saornil. Por otro lado, si Carmen Conde utilizaba estas imágenes ya a inicios del siglo XX, es debido a que se trata de una tradición literaria que nos transporta incluso a la escritura del griego y latín clásicos.

Si volvemos a la primera página, podemos observar también la influencia literaria de los autores modernos, como Hölderlin, a quien cita. Esta referencia no es banal, ya que el alemán comporta todo un símbolo de rebeldía en una época también convulsa de la historia. Asimismo, Hölderlin quiso crear un sentido literario de comunidad mediante ciertos gestos de amistad en sus poemas. A partir de la intertextualidad, podemos reflexionar que no siempre es razonable afirmar que resulta erróneo analizar una literatura junto a la vida personal de su escritor. En la poesía de Carmen Conde, Amanda implica todo un motor creativo, un eje activador de la sensibilidad artística y, en definitiva, el espacio mismamente donde encontrarse con la compañera, como recogemos de Hölderlin.

Continuando con la tradición clásica, en el poema 2 (p. 50) encontramos unos versos que nos remiten a Safo: «Forjo mi corazón antiguo en días que construyen hombres de guerra tensos de valor y ardor… Pero mi corazón no sirve para otra cosa que la de sentir tus dimensiones». Al igual que la poeta griega, Conde se enuncia desde una memoria amorosa en oposición a la bélica. Con ello, entabla una política de los deseos, el amor y las relaciones. La intertextualidad con Safo llega, de hecho, a ser explícita. Al célebre poema de la poeta de Lesbos que comienza con los versos «Me parece que es igual a los dioses/ el hombre aquel que frente a ti se sienta, […]» se dirige Carmen Conde en la página 70: «Ya sé que no eres sola en ofrecerme;/ que alguien junto a ti se muestra pronto./ Mas junto entre tus manos estas mías/ y estrecho con las tuyas las del hombre./ Un hombre que no tuvo de mi boca/ más lisonja y gratitud que las de hoy».

En este sentido, en el poema 8 (p. 53) se da una rebelión respecto a la idea de virginidad impuesta por el nacional-catolicismo: «La tierra quebrada, resollada, resquebrajante, hecha púas de corazones secos, vasija de sexos adolescentes sin abrir». La poeta prosigue: «oiremos a los muertos, a los asesinados, a los suicidas, a los estallados con dinamita». Es decir, hay una conciencia de lo devastador de la guerra y una comprensión de que ese conflicto tiene que ver con ella. Decir que esta poesía no es política es mentir. Lo interesante resulta la unión de tópicos clásicos del erotismo literario y la empatía con los camaradas de que habla. Además, su obra constituye un documento histórico de la vida cotidiana que siguió la población en época de entreguerras.

 

Decir que esta poesía no es política es mentir. Lo interesante resulta la unión de tópicos clásicos del erotismo literario y la empatía con los camaradas de que habla. Además, su obra constituye un documento histórico de la vida cotidiana que siguió la población en época de entreguerras.

 

Amanda es un motor de vida para Carmen Conde: «Amanda, lo que hago en tu morada/ es todo lo que puede hacer quien vive/ tan solo para hacer lo que es capaz. […] No he sido yo tan yo nunca en mi vida» (p. 70). El amor que construyen durante su convivencia supone para la poeta un despliegue de la capacidad de la escritura, proveyéndola de fuerza. No se encuentra ausente el temor de la separación: «Aunque yo tema/ que acaben por crecer entre nosotras/ las calles y las plazas que distancian…» (p. 71). Son recurrentes las imágenes del espacio, y, concretamente, la imagen de la morada recoge una tradición medieval. Amanda equivale al espacio seguro de ese mundo propio que fabrica la autora con su poesía. A pesar de que Conde pertenece a la Edad de Plata, muy bañada por el vanguardismo, demuestra un conocimiento pleno de la tradición literaria hispánica, que no duda en utilizar para sus fines propios, de hecho, subvirtiéndola. La autora pertenece a un grupo de mujeres que estaban leídas y releídas, es decir, que a pesar de su innovación no parten de la nada ni son inexpertas.

Queremos volver atrás para no perder de vista el poema XIII (p. 60), que nos remite a un punto de inflexión en la vida de Carmen Conde, ya que se hallaba a punto de separarse de esa idílica vida con Amanda. Ya no encontramos el fervor o el júbilo de los primeros poemas, sino que se trata de un amor maduro y reposado donde la poeta ha de parar para elaborar sus recuerdos y construir una memoria. La escritura constituye el final del proceso de la vivencia de los afectos, a modo de recopilación y conservación. A partir de este poema, hay un tratamiento nuevo de la imagen de Amanda, lo cual incide en la idea de que la poesía forma parte activa de ese recorrido amoroso. Como se observa en el siguiente poema, «Con el ángel», la representación amorosa va a adquirir un sentido divino, donde los simbolismos de la luz serán incesantes. Amanda será eso grande, certero y perfecto, pero también lejano, dado que ya se ha producido la separación. Conde reinventa una vivencia de la religión, sobre todo considerando que ninguna dictadura ensalzó tanto como la franquista este aspecto. Se aprovecha este amor divino para narrar una transformación: el ángel se transfigura, pero el sujeto poético también experimenta una metamorfosis. Leemos versos tan llamativos y disidentes como «La novia que enamorada/ se transfigura en el novio» (p. 64). Recuerdan al mito de Ovidio en que dos mujeres se enamoran y una se hace pasar por chico. Finalmente, convocan a la diosa Isis, que convierte a una de ellas en hombre para que puedan casarse. Y nuevamente, este misticismo se corresponde con una presencia en la tradición hispánica, en este caso, en la línea de amor sacro-profano del siglo XVI. Nos viene a la memoria el matrimonio de Elisa y Marcela, dos mujeres que lograron casarse por la Iglesia en Galicia al disfrazarse una de ellas de hombre. La poeta, entonces, rescata esta tradición para subvertirla, pues no solamente se relacionará con el lesbianismo, sino también directamente con la corporeidad: «por lograr otro cuerpo/ […] estoy sangrando gemidos» (p. 65). Recordamos diversas tradiciones bíblicas vinculadas a los comportamientos de personajes LGTB que posteriormente la literatura hispánica ha rescatado. En definitiva, la literatura LGTB bebe de la cultura en la que se encuentra inmersa. Continuando, los versos «¡Qué batalla con el ángel/ hasta sacármelo afuera,» (p. 65) expresan un deseo de visibilizar su relación. La materialización que supone la escritura es un intento de materializar también al ángel. Asimismo, en los últimos versos de la siguiente página («mi sueño […] se siente lanzado/ al olvido de los hombres») reside una queja de no tener acceso a una memoria amorosa, a un reconocimiento público. Toda esa ambición de compartir la plenitud amorosa se concentra en «Canto a Amanda», una desbordante oda a la realización personal. En esta composición somos testigos al sentimiento de consonancia con una misma del yo poético, de consecución de una identidad, y hasta de la insuficiencia de las palabras para dar cuenta de tal felicidad. Pero la soledad que vive toda voz del colectivo LGTB persistirá siempre: «Nadie que diga «ven», llega a mi oído;/ camino en soledad yendo con muchos» (p. 73). Y, con todo, el amor y la identidad lésbica como resistencia: «Si existo, es que soy fuerte:/ no lo olvido».

Carmen Conde no escribe exclusivamente sobre amor en sus Poemas a Amanda. En la página 89, observamos que escribe en Nicaragua —específicamente, en Managua—, país que atravesó una dictadura hasta 1979 y que vivió constantes luchas armadas. Nuestra poeta revive la tragedia española al estilo de Lorca con los negros de Harlem. Toda esa Generación del 27, de algún modo, se une a través de preocupaciones comunes. Conde recuerda el dolor de la guerra, pero además vuelve de algún modo a la Generación del 98 mediante el tema de la pérdida de las colonias: «Ya no tengo familia casi sobre estos indios./ Ahora pertenecen a descendientes suyos —y míos lejanísimos—/ que no los recuerdan o que les niegan pues que les dejan morir». Estos versos se hacen eco de la problemática del colonialismo reivindicando una protección de esa población. Conde muestra una conciencia animada por la fraternidad que existe entre ella y el pueblo maltratado al que se dirige debido a los lazos de sangre que comparten. Finalmente, encontramos una voz dolorida que se niega a volver a presenciar aquel escenario de muerte. El amor del tú y el yo se torna en un amor del nosotros, una cuestión enormemente importante en los poetas LGTB, que se posicionan a favor de la libertad de los demás. Se constata la transversalidad que se extiende desde la figura de Amanda hasta cualquier sufrimiento sistemático que rodeó la vida de la poeta y donde ella misma se reconocía.