Adrián Peñalver y su Prosperidad

 

Adrián Peñalver y su Prosperidad

¿Qué esperar de Adrián Peñalver? Pues jugosidades como esta que rezuman de oficinas grises. Dentro, pero lejos, personas que encuentran fuera la nueva Prosperidad, evanescente según se nombra.

 

 

Pregunta. ¿Cómo se gestó tu nuevo poemario Prosperidad?

Respuesta. Lo escribí mientras trabajaba en Países Bajos y con él quise encontrar la fuerza de volver a España y sobrellevar el tiempo lejos de casa y de los amigos, por verme inmerso en un contexto de oficina un poco violento por lo normativo y desalmado que era todo, por la falta de emocionalidad y lo gris e impersonal.

 

 

P. En tu poema “También yo”, que termina con los versos no solo fue el capitalismo / también fui yo, tu yo poético se hace consciente del círculo vicioso con el que el capitalismo nos encierra, que se alimenta con nuestro consumo. ¿Es posible algo más que la resignación?

R. En ese poema, que trata de cómo contribuyo a ese círculo que genera muchísima precariedad y desigualdad y que enriquece siempre a los mismos, necesitaba hacer un ejercicio de honestidad conmigo mismo y de asumir que soy parte del problema y que muchas de las cosas que me afectan en mi día a día a las que yo mismo estoy favoreciendo.

No sé si es conformismo, pero creo que ser consciente de otras realidades más precarias que la tuya es el primer paso para intentar cambiar algo o para hablar con franqueza de la realidad precaria que vives.

 

 

P. Dices soy poeta y estoy fuera del mercado y del armario. También en “Del consuelo al monitor” hablas de cómo la rutina nos doblega y nos quita las ganas de matar, y en “Microteatro” sobre lo liviano del cambio de conversación de temas de importancia a cosas irrelevantes, ¿crees que la sociedad está desactivada políticamente por los ritmos y modus vivendi capitalistas?

R. Cuando formas parte de ese circuito tienes que sobrellevar tu día a día y en él caben desde las cosas más insignificantes, como las que se hablan en las pausas del café, hasta las cosas que pueden tener más trascendencia cuando recibes tu nómina a final de mes. Lo que me sacaba de quicio en esa empresa, y mi yo poético coincide conmigo, es que en esas pausas del café no podíamos ahondar mucho sobre temas incómodos porque la vida de mis compañerxs estaba condicionada por un trabajo que oprime y, por ello, se recurre a conversaciones sobre el tiempo, el embarazo de no sé quién y las vacaciones a lugares lejanos, esa necesidad de poner distancia a la rutina, y eso me parecía un coñazo. Y esa parte del poemario tiene como motor de cambio la rabia y, por ejemplo, en el poema “Rotura” responde a un momento en el que la realidad se empieza a tergiversar y me siento un intruso en esa empresa, empiezo a dedicar más tiempo a escribir poesía que a trabajar, recurro a esconderme a sitios remotos del campus para estar solos y alejarme de esa gente.

 

 

P. ¿Cómo es la transición del oficinista al poeta?

R. Es más como ponerte una máscara y dejar que salgan una faceta y otra dependiendo del momento. María (González) hablaba de esta imposición de lo que se supone que tienes que ser, no sólo es verbalizada por parte de otros, sino que actúas dirigido por ella y la llevas de forma inconsciente por haber mamado durante la infancia y juventud conversaciones en las que prima el estatus y lo económico.
A partir de ahí, profundizo en unas emociones que indican que no estoy a gusto con esa vida y que no estoy atendiendo a una emocionalidad que está muy presente en una parte importante de mí y que tiene voz a través de la poesía y que no tiene en ese contexto de trabajo. Y esa es la transición: asumir que no quiero llevar un traje que no tendría que llevar.

 

 

P. Hablábamos con Ángelo Néstore el otro día sobre la ética de los cuidados y vuelvo a ti con eso: dices en tu poemario que nos hemos criado con mucha cosa y mucha ausencia y en “Estado de conversación” te preocupas por cómo vas a poder atender a tus padres cuando sean dependientes. Comparándola con la generación de nuestros padres, ¿no crees que sufrirán las mismas ausencias, pero con menos cosas, las personas a las que tengamos que atender?

R. La escasez que sufrieron las generaciones anteriores a la nuestra creo que produce en ellas una fobia a lo común y, a la vez, hay una carencia de tiempo por haberlo dedicado a la a generar posesión y propiedad para proveer de cuidados a su descendencia. Un concepto de cuidado me parece que, por ello, está asociado a lo material, en detrimento de otro concepto, basado en el espacio-tiempo que se dedica para estar entre los tuyos y hablar de tus emociones. Sí que me parece que nuestra generación recupera este último concepto y, a la par, se pierde un poder adquisitivo necesario para poder cuidar.

 

 

P. En varios poemas, como “El espacio que dejas”, en esa poética tuya del recuerdo y la distancia, haces un ejercicio interesante de introspección, ¿crees que la elegía y la poesía del destierro, esa literatura de la ausencia, seña del casi perdido género epistolar, han sido para ti herramientas fructíferas?

R. Lo interesante para mí es releerlo ahora y ver cómo esa sensación de lejanía, una distancia de tu mundo en kilómetros y en cultura, distorsionó mi percepción y eso te permite escribir algo distinto y añorado, pues te permite ver con mayor claridad de qué cosas me había alejado y a las que quería reconectarme, y desde luego que me fue fructífero estar allí porque necesitaba escribir para dejar de lado eso que me oprimía.

 

 

P. “Kalimera”, los buenos días que dabas a tu compañero de piso griego, es un poema corto y delicioso a la morriña, ¿cómo te ayudó la poesía cuando andabas por Países Bajos y cómo ayudó ese exilio a tu poesía?

R. Surge a raíz del poema “Liberalismo político”, de Francisco José Chamorro, en el que también hablaba de precariedad, y me llamó mucho la atención cómo, con un verso muy sencillo, decía que se había acostumbrado a ella, aunando muchísima paz y denuncia.

Yo vivía con una persona con la que no tenía nada que ver, este griego, heterosexual, súper deportista, con 40 novias, pero, sin embargo, nos dábamos los buenos días en todos los desayunos y escuchaba cada uno su radio y, ese pequeño fragmento del día, al desarrollar ese afecto el uno por el otro, pese a que estábamos en polos opuestos, me daba un consuelo y una paz que me ayudó a darme cuenta de que ese no era mi lugar.

Respecto a cómo me ayudó, pues me encontraba muy solo en muchos sentidos y conseguí establecer relaciones con los poetas que estaba leyendo en ese momento y este libro casi surgió de una conversación con ellos, reflexionando sobre qué voz tomaban en su poesía y que voz quería tomar yo y creo que es un poemario mucho más consciente que también nace de la necesidad de esos temas. El poemario anterior (Mejillón cebra, tiburón sirena) es más irreflexivo y celebrativo, nacido en un momento distinto.

P. Se percibe un cambio súper interesante de Mejillón cebra, tiburón sirena, un poemario de juventud, a Prosperidad, y no voy a decir que es el de madurez…

R. Yo quiero seguir siendo joven y guapa (risas)

 

 

P. De contar y describir tan gustosamente el hábitat y prácticas del mundo gay madrileño al mundo gris de la oficina en Países Bajos.

R. Fue un giro grande que pegó mi vida. También es descubrir que Madrid es un sitio maravilloso para ser gay y para hacer tu vida siendo gay, no he conocido todavía otra ciudad en que me haya sentido igual. Todas esas experiencias que yo viví en los primeros diez años que estuve en Madrid están en Mejillón y el cambio se aprecia en Prosperidad, cuando intenté trasladar ese éxito profesional y esa vida más colorida madrileños a Países Bajos, y, tras asumir el fracaso, entiendes que, en realidad, es un acierto y una oportunidad enorme para regresar y alinearte con todo lo que has descubierto que quieres hacer.

 

 

P. Decías que Mejillón cebra fue un poemario más espontáneo, pero se aprecia un ritmo de métrica oculta que también está en Prosperidad, ¿sigues algún esquema métrico?

R. Ya me lo habían comentado antes, pero no sabría decirte, es como si tuvieras una musicalidad interiorizada a la hora de componer versos, suelo dejarlo salir y tiro de oído y de la música que escucho en ese momento, a veces se cuelan cositas de trap, aunque sea una mierda, pero bueno (risas).

 

 

P. En este último poemario has jugado mucho con letras de la Oreja de Van Gogh y de Los Mitos.

R. Hay elementos de la cultura y música pop que me encanta recuperar y que a mí y, creo, que también al lector nos conectan con lo que estamos leyendo. Es un recurso para hacer la poesía más cercana, pero también para pervertir esas canciones.

 

 

P. E incluso nos has metido el Blin blin en nuestro primer número…

R. Bad Gyal es maravillosa (risas). Me cuesta mucho desligar el yo poético del yo personal y me cuesta si no es para un poemario en el que tenga que elaborarlo. Ya llevo un tiempo en Madrid, desde julio del año pasado que volví por el tema del COVID, y me apetecía escribir algo más celebrativo que no nacen de un momento duro, reconectando con esa forma de hacer poesía, y para vuestro número me apetecía jugar y escribir por puro deleite y coincidió que estaba escuchando mucho a Bad Gyal esos días. Y me fascina cómo son capaces de hacer temas con cuatro mierdas que acaban todas igual, pero que tienen una fuerza y brillo brutales.

 

P. Que brilla: blin blin. Durante dos horas de un viaje que hice con un ex estuvo sonando en mi coche Bad Gyal y empecé a aborrecer el trap. Por ti (tu culpa) me he reconciliado con ella, gracias al poema genial que nos has compuesto para el primer número.
(Sonrisas y muestras de afecto mutuo, sincero y telemático)

Entrevistado por Luis S. Górriz.

 


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